LAS SORTIJAS NEGRAS

 


(Imagen: General Manuel Ignacio de Vivanco. Lienzo del Siglo XIX - Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú-MNAAHP



Por Pedro José Cama



En el Perú republicano durante los años en que todavía gateaba, tuvo, o sufrió mejor sea dicho, caudillos terribles (por su mala obra o por violentos), temibles, legendarios y hasta ridículos.

De este último lote, si se es honesto, hubo pocos pero hubo y encabezaba esa corta lista el general Manuel Ignacio de Vivanco Iturralde, limeño nacido a fines de enero de 1806 del matrimonio entre un comerciante español y la dama limeña doña Marcela de Iturralde.

Se hizo militar no en una escuela, sino en los campos de batalla de Matará (Acocro-Huamanga) y Ayacucho, integrando el Batallón de Infantería N°1 del Ejército Patriota.

Más que su "carisma" eran sus migas, sus relaciones sociales de la entonces divina pomada de la societé limeña, con el mariscal venezolano Antonio José de Sucre, le hizo teniente a los 18 años en 1824.

Pero a su estrella, el mismo Vivanco, se encargó de quitarle brillo.

En 1825 entró en el mundillo de la trastienda política y las conspiraciones golpistas, primero contra el general venezolano Simón Bolívar y luego contra el mariscal cusqueño, don Agustín Gamarra Messía, en 1829.

Sin embargo, sus relaciones (o "vara") le permitieron ganarse un gesto de magnanimidad del entonces presidente Gamarra, quien le encarga la dirección del recién fundado Colegio Militar, en 1832, en la calle Espíritu Santo (hoy 5ª cuadra del jirón Callao-Lima). .

Enseñó allí Geometría, Ordenanza y Táctica, cursos que, como veremos más luego, debió aprender antes que enseñar.

La caída del primer gobierno de Gamarra le hizo volver con su familia y hacerse cargo de sus haciendas en Majes (Arequipa), pero cuando el mariscal cusqueño volvió del destierro, Vivanco volvió al Ejército para unirse a sus filas y poco después, lo traicionó cambiando de casaca, con las del legendario y chiquillo general limeño, don Felipe Santiago Salaverry, en 1835.

Iniciaba así su carrera torpe por el poder.

Fue preso en 1836 al sufrir Salaverry del Solar la derrota en Socabaya y ser fusilado en Arequipa por el más experimentado mariscal boliviano, don Andrés de Santa Cruz, quien imponía al Perú su Confederación Perú-Boliviana, la cual terminó por balcanizar la Nación en 3 Estados.

El desleal niño rico con galones de más, terminó desterrado en Chile.

Su retorno volvió a coincidir con el del mariscal Gamarra a quien se une para traer abajo la Confederación en 1839.

Tras ello, lo premia el mariscal cusqueño con la prefectura de Arequipa, en noviembre de aquel año.

Con el grado de coronel, Vivanco Iturralde muerde la mano que tanto le dio de comer y subleva las guarniciones de Arequipa, Cusco, Puno y Ayacucho contra Gamarra en enero de 1841.

Con 34 años, el bisoño militar se hizo caudillo de una revolución "Regeneradora" del Perú.

Vivanco era bueno para el uniforme de gala, los discursos grandilocuentes y los desfiles, pero como estratega y político, no pasaba de la puerta.

Desaprovechando el apoyo que tuvo de muchos gamonales y altos mandos militares del Sur, se dedicó a pavonearse como "El regenerador", sin moverse de Arequipa, cuando Gamarra ya había enviado tropas al mando de su ministro, el entonces general tarapaqueño (entonces territorio peruano), don Ramón Castilla Marchese, hacia él.

Aquí viene lo tragicómico de nuestro protagonista:

Al enterarse que Castilla estaba viniendo con furia, en marzo de 1841 inicia un ataque sorpresa sobre las tropas gamarristas, las cuales, por el golpe repentino debieron replegarse.

Vivanco lejos de perseguir a dicho ejército sorprendido, pero casi entero, ordenó a su jefe de Estado Mayor que lo hiciera, mientras él se fue a celebrar su gran victoria a la Ciudad Blanca.

A los 5 días, el 30 de marzo de 1841, en Las Cuevillas (Camaná-Arequipa), Castilla hizo trizas a las tropas vivanquistas y sitió Arequipa.

¿Vivanco? El torpe caudillo se encontraba en Moquegua esperando barco para dar el golpe final en Lima al presidente Agustín Gamarra. Cuando le informaron de Cuevillas, se escapó, literalmente, a Bolivia.

Lejos de curarse con este fiasco, Vivanco (pintón, cabellos rubios bien peinados, ojos claros y bigote a Los 3 Mosqueteros de Dumas) regresó a Arequipa en 1842, tras la desastrosa guerra con Bolivia donde ganó en el río revuelto que era el Perú de ese año, con un Gamarra traicionado, en plena anexión de Bolivia, la cual hubiera cambiado nuestra historia, siendo asesinado por balas peruanas y por la espalda, en medio de una carga solitaria sobre el enemigo, el 18 de noviembre de 1841.

Vivanco se convierte en comandante general del Ejército en Arequipa y un caudillo más de la decena que hubo hasta 1845, entre ellos, el general Juan Francisco de Vidal La Hoz, proveniente de una familia terrateniente de Supe (Lima), y conocido de nuestro risible protagonista (siempre hay un roto para un descosido), por lo que de un día para otro, terminó también, ascendido a general en julio de 1842.

Cuando Vidal nombró prefecto de Arequipa al general Alejandro Deustua, a quien Vivanco no masticaba y menos pasaba, volvería a hacer el ridículo como caudillo.

Se autoproclamó "Supremo Director de la República" y a la par floreaba en sus proclamas: "No soy el caudillo que mueve a los pueblos a empeñarse de personal interés; soy el hombre a quien invocan...", y bla, bla, bla.

Encabeza otra revolución la cual, ésta si, llega a Lima en abril de 1843.

Vivanco ocupó Palacio más como príncipe que como presidente o estadista, y como todo déspota viene con paranoia bajo el brazo, empezó a desconfiar hasta de su sombra.

Es así que metió presa en un convento a la esposa del general limeño, don Domingo Nieto y Márquez (pues pensaba conspiraba contra él), doña María Solís, quien estaba embarazada y a quien desterró a poco menos de 1 mes de dar a luz.

Ello gatilló la solidaridad entre las esposas de los principales sospechosos de darle un cuartelazo al "Supremo Director", encabezadas por doña Francisca Diez Canseco (esposa de Ramón Castilla) y doña Mercedes Subirat (esposa del general tarapaqueño, Antonio Gutiérrez de la Fuente), quienes a mediados de 1843, conspiraron contra Vivanco asistidos del teniente coronel don José María Lastres, el mismísimo ayudante de campo del caudillo, y el capitán don José Julián Verástegui.

Las damas involucradas en la conspiración acordaron, como señal de identificación entre ellas, portar cada una, sortijas forradas con seda negra, en uno de sus dedos.

La "Conspiración de las Sortijas Negras" culminó con el arresto domiciliario de doña Francisca, quien logró escapar disfrazada, mientras el futuro presidente del Perú, el mariscal Castilla, daba un ultimátum a Vivanco escrita en una carta fechada el 31 de agosto de 1843, la cual se resumía lacónica, castrense: si no liberaba a su mujer y a las otras damas encausadas, fusilaría a 18 jefes y oficiales vivanquistas presos por sus tropas, para después seguir con su familia.

Lastres y Verástegui fueron fusilados en la Plaza de Armas de Lima, el 23 de setiembre de 1843.

Castilla se sublevó contra el llamado "Directorio" y encabezó una Suprema Junta de Gobierno en junio de ese año.

Vivanco, quien ya había debelado 3 "conspiraciones" a punta de paredón, recién salió de Lima a combatir a los sublevados en noviembre de 1843, vestido de uniforme rojo, con capa de armiño (de color blanco moteadas con el negro de las colas de dicho animal) y bicornio o sombrero militar de 2 picos, adonardo con plumas. No es broma, a pesar de ser el Siglo XIX.

Los limeños no resistieron las carcajadas ante tamaño espectáculo y a su paso, el "Supremo Director" escuchaba en el pueblo un canto bajito que decía:

"Mambrú se fue a la guerra
¡Qué dolor, qué dolor, qué pena!
"Mambrú se fue a la guerra
No sé cuándo vendrá..."

Vivanco fue derrotado en la batalla de Carmen Alto (Cayma, Arequipa), el 22 de julio de 1844.

Volvió del destierro en Ecuador, para plegarse en 1850 al régimen del general puneño, José Rufino Echenique Benavente y en el colmo de lo patético, la otrora vivanquista y leal Ciudad Blanca, sublevada por Castilla, le dio una tunda memorable, haciéndole huir cuando intentó reprimir la rebelión en diciembre de 1854.

Otra verguenza pasó con este caudillo, cuando fue rechazada por el pueblo del Callao otra intentona suya contra el ahora gobierno del mariscal Ramón Castilla, quien por ello proclamó al Primer Puerto, "Provincia Constitucional", en abril de 1857.

Empero, la Ciudad Blanca cometió, otra vez, el trágico error de darle refugio a Vivanco, pues Arequipa fue asediada casi 1 año, hasta marzo de 1858, siendo por fin ocupada por Castilla a costa de miles de muertos.

Como corolario infame a una vida accidentada como risible, Vivanco firmó como representante del Perú el condenable y sumiso Tratado con España (el Tratado Vivanco-Pareja) el cual encendió la Revolución de 1865, la cual fue el inicio de la 2ª expulsión de España del Perú, a través de su armada (bajo la pérfida fachada de misión científica) en el Glorioso Combate del 2 de Mayo de 1866.

Manuel Ignacio Vivanco Iturralde, terminó sus días vigilando la construcción del Palacio de la Exposición en Lima y el arreglo del parque del mismo nombre en 1871, cuando enfermó durante un viaje a Valparaíso (Chile), muriendo en setiembre de 1873 (a los 67 años) con un pasado tan negro como la seda de aquellas sortijas que portaban la esposas de los conspiradores, aquel año de 1843.

(Fuente:"La máxima intentona del autoritarismo" en "Historia de la República del Perú". Jorge Basadre. 1983 y "Perú: Época Republicana". Alberto Tauro del Pino. 1973)...



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