MARÍA ANDREA (I)
María Andrea nació un 5 de julio de 1777 en Huamanga (Ayacucho), aunque ningún historiador se ha molestado en definir si es correcta la información sobre su natalicio, ya que otros mencionan que su madre, doña Jacinta Jayo dio a luz en Paras (Cangallo, Ayacucho) en 1770, y otros en 1761.
El portal web de genealogía Familysearch.org, el cual está digitalizando partidas de nacimiento, matrimonios y fallecimientos de millones de personas a nivel mundial, tienen la información primera nombrada.
Haber nacido en julio de 1777 sería más coherente ya que los padres de María Andrea se habrían también casado en Huamanga en 1770 y la otra fecha de 1761 sería imposible ya que el padre de la protagonista de esta crónica, don Fernando, nació en 1747 en la misma ciudad y hubiera tenido 14 años cuando tuvo a su única hija.
El que escribe se ha decidido no hacer más hígado con la incapacidad de nuestros historiadores.
Don Fernando Parado era un criollo puneño y doña Jacinta indígena natural de Paras, donde su familia poseía varias tierras.
Aquí debemos ubicarnos en el contexto histórico.
Durante el Siglo XVIII, la corona española, bajo los Borbones, opta por aflojar las riendas de una economía medieval y deja que la plata circule, que el mercado sea para los ganadores, astutos, y trabajadores.
Es así que en la Sierra Sur, sobre todo, los curacas indígenas empezaron a mutar en prósperos mercaderes, en dueños de una ruta y contratista de arrieros. Los años fueron formando una burguesía cobriza, más trabajadora y creativa que la hispana.
Los curacas llegaron con su dinero, hasta ganarle juicios a corregidores y encomenderos.
El indio y el mestizo empezaba a cotizar tanto como el criollo y el español.
La riqueza obligaba al respeto mutuo, incluso llegaban hasta ser cómplices curacas y autoridades españolas en delitos de estafa.
Hasta que en 1780, don José Gabriel Condorcanqui Túpac Amaru II (propietario de cocales en Carabaya, chacras en Tinta, vetas de mina y 350 mulas como curaca de Tungasuca-Cusco), se rebela contra la instauración de aduanas interiores en puntos estratégicos del Sur Andino como parte de las reformas borbónicas; por el alza del impuesto a la alcabala el cual se aplicaba a toda mercancía vendida (algo así como IGV), del 4 al 6% en 1780, y por gravar el comercio del chuño y la coca otrora exonerados de impuestos.
Es decir, la Gran Rebelión en el Perú estalló, como en EEUU, por el alza y abuso de impuestos.
Tras la derrota y ejecución de Túpac Amaru II en 1781, todo el privilegio ganado por los comerciantes indígenas retrocedió 2 siglos por la represión colonial que barrió con casi toda la nobleza cusqueña.
Por ello, los padres de María Andrea eran dueños de tierras y algo de caudales en aquella época previa a la Gran Rebelión.
Ser una niña mestiza del Siglo XVIII en el Sur de los Andes del Perú consistía en crecer ayudando a la madre y esperar que el padre le eligiera esposo a la edad de merecer. Así de simple.
Cuando cumplió 15 años de edad, en 1792, María Andrea se casó con el hombre que trajo su padre.
Era un prospero arriero, comerciante de cochinilla y ex agente de correos, don Mariano Bellido nacido en Paras quizás hacía 1762 y coterráneo de su madre.
Otras versiones hacen nacer a don Mariano en Bolivia. Es más, el que escribe halló un registro de un Mariano Bellido Sisa, nacido el 5 de agosto de 1762 y bautizado en la iglesia de Santo Domingo en Sucre (Chuquisaca-Bolivia).
Es decir, tendría 30 años al casarse con María Andrea.
Juzgue usted, pero varias versiones históricas destacan origen altiplánico de don Mariano.
María Andrea y don Mariano tuvieron 5 hijos: Mariano (1796), Tomás (1797), María (1799), Leandra (1800) y Bartola (1802).
La vida de nuestra protagonista fue la que se llevaba una normal familia de la Huamanga de fines del Siglo XVIII, epicentro de importación y exportación de mercancías comprando madera, pan de azúcar, lana, cecina, algodón, ají, cebo, garbanzo, ropas de la tierra, coca, pallares, aguardiente, frazadas, miel, jabón, piezas de pañete, lanas de colores y pellejos de cabra.
Los ayacuchanos vendían suelas de vaca a Huancavelica y varas de tocuyo, bayeta, sombreros, zapatos y badanas (tiras de cuero) a Pasco. También platería, ebanistería para templos y las casas de terratenientes, principales clientes también de silleros y herradores.
Era común las ferias de tejedores, sastres, zapateros y sombrereros en los pueblos cercanos y en los asientos mineros.
Las tierras de la madre de María Andrea, doña Jacinta en Paras era desde 1676 una veta de sal para los obrajes y minas de Otoca y Huancavelica, en un momento se vieron hasta 3 mil llamas transportando sacos de sal para vender, le permitía vivir con una tranquilidad económica y una posición social respetable.
Pero todo cambiaría a inicios del Siglo XIX, cuando llegó el momento de las decisiones en el día que moría o sobrevivía el viejo orden de cosas, si lo matabas o lo defendías.
En marzo de 1795 aparecen en la Catedral de Huamanga, en la pila mayor de la ciudad, en las casas capitulares de las cárceles y la curia eclesiástica pasquines anónimos contra el virrey . El hecho se repitió en agosto de 1796.
Fue el catalán don Gabriel Miguel de Avilés y del Fierro, 4º marqués de Avilés, ex gobernador del reino de Chile, ex virrey del Rio de la Plata, el 37º virrey del Perú quien prendió la chispa independentista en Huamanga al revocar la norma de absolver de deudas a los súbditos que brindaban apoyo a la corona y proceder al cobro de las deudas, las cuales si no eran canceladas se procedía a embargar hasta haciendas enteras en 1804.
Incluso cuando hubo una sequía devastadora al Sur de Ayacucho, y la región padecía una extrema pobreza, el virrey seguía cobrando deudas y recaudando tributos llegando a requisar mercancías y bienes.
En 1800 ya Huamanga expresaba su rechazo al yugo colonial a través de montoneras y los legendarios Morochucos de Cangallo, provocaban refriegas en toda la región.
En 1814 María Andrea ante la carestía que vivía la región, decide vender un predio heredado de su abuelo, don Anselmo Jayo, en Paras. Los años pasaban, los hijos crecían y los abusos del virrey no daban respiro a la economía de los huamanguinos.
Cuando llegó la noticia del desembarco del Ejército Libertador en Paracas el mes de setiembre de 1820, el entusiasmo reservado de los huamanguinos se hacía notar.
Entonces ya el 2º hijo de María Andrea, Tomás, había pasado del dicho al hecho, yéndose de la casa para unirse a la montonera de los Morochucos capitaneados por el iqueño don Cayetano Quiroz, afroperuano quien de cimarrón y bandolero, se convirtió en guerrillero por la Independencia, al reportarse ante el general don José de San Martín en Huaura (Lima), quien pone bajo su mando 50 hombres bien apertrechados, que hicieron la vida a cuadros al ejercito realista desde Ica hasta Jauja, desde Huancayo hasta Cangallo, donde se le unieron los Morochucos, llegando a sumar 200 los guerrilleros.
Cuando el general argentino don Juan Antonio Álvarez de Arenales ocupa Huamanga el 31 de octubre de 1820, la familia de María Andrea militaba entera por la causa patriota.
Más comprometidos estaban su esposo, don Mariano, colaborando cauto con la guerrilla y su hijo Tomás con tan sólo 23 años, de montonero con Quiroz y los Morochucos.
Para 1821 la Emancipación parecía al alcance de la mano, pero el viejo orden de 300 años no se iría en 2 días y sin pelear.
El último virrey, el general andaluz don José de la Serna y Martínez de Hinojosa, de 51 años, reorganiza las fuerzas realistas en el Cusco y destaca al infame general valenciano José Manuel de Carratalá Martínez, su jefe de Estado Mayor para exterminar a los “insurgentes” de la Sierra Central.
Carratalá salió del Cusco como intendente de Huamanga y tras incendiar y masacrar a los habitantes de Parinacochas y Lucanas, el 21 de noviembre de 1821 enfilaba a Cangallo cuando destaca a un regimiento de caballería para perseguir a una partida de Morochucos que simularon una huida, y los realistas al perseguirles se hundieron en un inmenso lodazal en la pampa de Saccha, trampa preparada por los jinetes ayacuchanos comandados por don Basilio Auqui.
Auqui y su escuadrón, mataron a pedradas, a degüello y ahorcados a todo el destacamento realista que comprendía 400 jinetes.
Los pocos que sobrevivieron se reportaron al “Carnicero” Carratalá e informaron del “descalabro sufrido”.
La Serna al enterarse de tal revés conminó a Carratalá a exterminar de una buena vez a los Morochucos.
El infame general valenciano se emplazó en Soras (80 kilómetros al Sureste de Cangallo) y el 17 de diciembre de 1821 fusiles y cañones vencieron a rejones, lanzas, hondas y lazos, empantanando de sangre las llanuras ayacuchanas.
Los habitantes de Cangallo fueron evacuados por los sobrevivientes de la batalla ya que no necesitaban un manual para saber lo que el monstruo de Carratalá haría de aquella villa.
Cenizas tras infernal incendio pasó a ser Cangallo, incluida su iglesia sobre cuyos escombros, el Carnicero Carratalá colocó un cartel que le ganó un sitial en el averno:
" Queda reducido a cenizas y borrado para siempre del catálogo de los pueblos, el criminalísimo Cangallo…
“En terreno tan proscrito nadie podrá reedificar y se trasmitirá la cabeza de la subdelegación a otro pueblo más digno; mayores castigos dictará aún el brazo invencible de la justicia, para que no quede memoria de un pueblo tan malvado, que sólo puede llamarse nido de ladrones, asesinos y toda clase de delincuentes.
“Sirva de escarmiento a todas las demás poblaciones del distrito”.
El monstruo de Carratalá tenía al Norte, 53 kilómetros de camino libre hacia Huamanga y hacia María Andrea
CONTINUARÁ
(Fuentes: “María Parado de Bellido y la Independencia en la Región de Huamanga: Representaciones de una heroína popular”. Nelson E. Pereyra Chávez. 2018. Cemhal.org; “Basilio Auqui Huayalla: Héroe de la Independencia y Precursor de la Victoria de Ayacucho”. Luis Guzmán Palomino. Elamautajohn.blogspot.com; “Génesis y causas de la Independencia de Huamanga 1786-1800”. David Quichua Chaico. Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga. 2017 y “Historia y Cultura de Ayacucho”. Antonio Zapata Velasco, Nelson Pereyra Chávez y Rolando Rojas Rojas. Instituto de Estudios Peruanos. 2008).
(Imagen: El Angelus en la víspera del Domingo de Resurrección en la Plaza de Huamanga. 1910)



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